Besos de quincena

 



Aquella noche la lira de Morfeo no surtía efecto sobre Carmen. Estaba desvelada y no paraba de darle vueltas a los distintos asuntos que habían acontecido durante la semana.  El peso de llevar la casa sola ocupando el papel de madre y padre no era tarea fácil; la pequeña se sobrellevaba pero los otros dos, los varones, sólo entendían el jarabe de palo.

Aún así no se quejaba de su suerte, tenían un techo donde vivir; si bien estaban de prestado en una casa propiedad de su suegro compartida con su cuñado, su mujer y la tres hijas pequeñas del matrimonio. En total diez personas… una multitud por grande que fuese la vivienda.

- Iros a vivir a mi casa que está vacía y es grande: la mitada para cada uno, les dijo su suegro cuando echaron a sus hijos del cortijo del Jefe, quedándose sin jornal. 

Pese a que la madre de Carmen ya le había advertido que lo de compartir casa traería miga, no se podía permitir seguir con el alquiler de aquella casa que fue su nido de amor nada más casarse y que ahora le parecía un sueño.

Pensaba en su marido, un hombre bueno y trabajador al que  echaba de menos en las gélidas noches de invierno. La cama bajo techo de palos y paredes de adobe, se  le antojaba inmensa y fría por más cobertores que  se echase encima.
Francisco no tardó en encontrar nueva faena, lo avisaron  para trabajar en  el Cortijo de los Tirillas de lo que mejor sabía hacer: laborear en el campo. Su jornal era mejor si cabe que el anterior pero no daba para excesos y las visitas a su casa seguían siendo frugales.

Con los dedos de la mano contaba los días: quedaban seis para completar la primera quincena de diciembre. El sábado, sí era el sábado cuando llegaría Francisco.
Para ese día había decidido preparar frijones con su correspondiente  tocino añejo y  
mondonga, como Dios mandaba. La mondonga se la procuraría a su vecina Juana, quien como cada año en vísperas de la Pura, había matado cinco guarros bien hermosos  y elaboraba una morcilla mondonga de rechupete, la mejor del pueblo.
Pensaba en cuánto le  gustaría homenajear a su marido con un pollo en pepitoria, al fin y al cabo estaba harto de cocido de garbanzos en el cortijo, pero no podía ser: tenía sólo cuatro pollos en el corral y  la Nochebuena estaba cerca. Era analfabeta, sí, muy a su pesar, pero sabía administrar muy bien los recursos de su casa. 

Mentalmente reproducía el chirriar del pestillo de la puerta, el sonar de sus pasos recorriendo el pasillo y el caer del costal de ropa sucia en la puerta del corral. La  voz grave de su marido llamando a sus hijos para cogerlos en brazos y sobre todo, el sonido de los besos. Besos ásperos de barba de días pero que sabían a gloria, besos escasos, besos de quincena.

Desde que partía al Cortijo, cada noche se complacía en estas recreaciones mientras le vencía el sueño, pero hoy estaba desvelada. Con el desvelo propio de a quien no le salen las cuentas. Sabía que tras el idílico  ritual de la llegada de su esposo, finalizados besos y arrumacos familiares, empezaría otro en el que Francisco se echaría mano a la cartera y entregaría a su mujer el jornal de la quincena del que Carmen aparataría las perras de  los vinos que por derecho se merecía su marido harto de trabajar de sol a sol. Se lo entregaría de buen grado, como siempre desde que estaban casados y como siempre Francisco se iría al bar del Rollo a confraternizar con amigos y vecinos, a contar tantas "mentiras" como los demás devotos del chato de vino a mediodía. Convidaría  a Frascorro, fiel parroquiano de sábados y fiestas de guardar, de talante excesivamente tranquilo, al que le gustaba chinchar diciéndole: “ Ay Frasco, las veces que no mamaste por no llorar” . Y así entre risas y charlas, disfrutando del poco asueto que el jornal y el trabajo ponía a su alcance,  llegaría a casa a  la hora de la merienda.

Mientras, Carmen se emplearía a fondo en lavar la ropa. Con el agua dispuesta en el panero quitaría la mugre de la ropa sucia. Ropa con mugre de cortijo, de arado tras yunta de mula,  de garbanzos para almorzar y tocino y presas de cena , mugre de frío, de sudor … esbozo de las fatigas de su esposo que borraría con el jabón de sosa que le ponía las manos en carne viva. Por la tarde, tocaba secarla en la alambrera del brasero de picón, bajo la vestidura de la mesa camilla . Tenía que estar lista para el lunes, día en que su marido emprendería de nuevo la marcha quincenal. Otra vez lo vería alejarse desde la puerta de su casa, con sus hijos pegados a sus faldas, diciéndole adiós a su padre con la manita. Otra vez con el costal de ropa sobre el hombro , esta vez  limpia. Los ojos fijos en la silueta del hombre mientras se desdibuja en la lejanía.

Acabada la tarea del lavado, se acercaría sin dilación a pagar lo que iba dejando fiado a  la Relojera. De una quincena a otra el jornal ya estaba más que gastado: con el jornal de  ésta se pagaba lo fiado en la anterior, y así sucesivamente con la añadidura del segundo par de zapatos de ese año que tuvo que dejar fiado para su segundo hijo: ¡Cabrito!. No se le ocurrió otra cosa que irse a jugar a la Rivera después de salir de la escuela y perder un zapato del par que había estrenado en septiembre y ¡claro, no se podía reponer sólo uno¡. La corriente se llevó ¡veinte duros, veinte duros¡¡. Ahora, que durmió calentito aquella día.
En fin, se decía a sí misma, ya saldremos de ésta.

Comentarios